Estaba dando una releída a La Loca de la Casa y afirmando cada vez más cuánto me gusta como escribe y piensa Rosa Montero, cuando me encontré con esta parte que me provocó compartir con ustedes.
"(...) Esto es una consecuencia de la obligatoriedad del éxito comercial, que se ha convertido en un requerimiento casi frenético. Se diría que hoy la única medida del valor de un libro es la cantidad de copias que vende, una apreciación a todas luces absurda, porque hay obras horrendas que se venden a mansalva y libros estupendos que apenas si circulan (lo cual no quiere decir, naturalmente, que los libros buenos sean por definición los que no se venden y los libros malos los que sí: ésa es otra mentecatez del mismo calibre que estuvo de moda hace algunos años)."
(Rosa Montero: La Loca de la Casa. Editorial Santillana. 2006)
Y es la única manera que tengo para explicarme por qué hace unos días encontré en el display central de una librería, uno junto a otro, como si pertenecieran al mismo saco, los libros de Stephenie Meyer y los de Vargas Llosa (más que obvio que casi sufro un infarto y procedí a querer modificar la organización del display tapando los libros de Meyer con libros de Julio Ramón Ribeyro y Alonso Cueto. Lamentablemente no pude hacer mucho porque el hombre de seguridad ya se acercaba a preguntar qué estaba haciendo).
